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Europa vuelve a experimentar la presencia de sus viejos fantasmas. Con Francia como uno de sus principales focos, el malestar social, las protestas y los episodios de violencia conviven con una precariedad que no encuentra respuesta suficiente: el coste de la vida, la vivienda inaccesible, la erosión de las expectativas. A las manifestaciones y en ocasiones, demostraciones de fuerza con trasfondo político, se han sumado actos de vandalismo y saqueo cuyas motivaciones y objetivos resultan más difíciles de discernir. Algunos quieren presentarlo como una suerte de protesta Gen Z a la europea, una revuelta juvenil contra el desencanto; pero cabe preguntarse hasta qué punto estas expresiones de violencia responden a reivindicaciones concretas, se alimentan del caos o terminan desligándose de cualquier proyecto reconocible de transformación social. Mientras tanto, las aspiraciones legítimas de quienes sufren la precariedad corren el riesgo de quedar ahogadas entre discursos que ofrecen soluciones definitivas y que, en ocasiones, vuelven a mostrar el rostro de la intolerancia y la imposición.
¿Y si la apuesta por un orden social preconcebido fuese precisamente otra forma de extraviar el sentido de una acción verdaderamente transformadora? En Los asambleístas, Aristófanes imaginó hace casi 2.400 años una ciudad entregada a la promesa de un orden nuevo. Praxágora y sus compañeras toman el poder para acabar con las desigualdades mediante la comunidad de bienes y la reorganización de la vida colectiva. La utopía parece ofrecerlo todo: abundancia, satisfacción y felicidad. Sin embargo, tras la promesa asoman las contradicciones de un proyecto que pretende resolver los conflictos humanos desde un modelo general, como si cambiar las reglas bastara para cambiar a quienes han de vivir bajo ellas.
Precisamente este mes vuelven los británicos Hot Chip con su single y vídeo Random Violence, dedicado a JD Twitch, DJ y cofundador de Optimo, y a las noches compartidas en el Sub Club de Glasgow. Frente a un mundo en el que parecen imponerse la violencia arbitraria, el engaño y la mentira, la canción reivindica la música y los vínculos que nacen de ella como una forma de resistencia. No ofrece soluciones definitivas ni promete un orden perfecto; nos recuerda, más modestamente, que hay personas capaces de darnos algo en lo que creer y que, frente a la violencia, seguimos necesitando actos de bondad. Quizá sea también una forma de preservar ese espacio en el que las diferencias pueden encontrarse sin tener que desaparecer: una comunidad que no necesita vestirse de uniforme para permanecer unida.
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